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Muy buena entrevista a Cappa del diario NOS digital

“Riquelme es, quizás, el último menottista”

Deportes

Terminado su paso por River, Ángel Cappa habla de fútbol. Del futuro de la pelota. Del diez de Boca como uno de los pocos tipos que conserva en su juego la cultura argentina. De la crisis del menottismo. Y de cómo el negocio se comió todo: incluso las flores que salían de los potreros.

El tipo, de alguna manera, parece ya haberlo dicho todo.

Parece.

Porque sentado, ahí, en el centro del bar La Biela, alrededor de las pequeñas manchas de sol de la mañana, espera. No sabe que entraremos por la puerta opuesta a la que él está mirando. Y no sabe, tampoco sabe, que alcanzará con mirarle la espalda para reconocerlo. La imagen es fácil, ya la vimos mil veces: es Ángel Cappa, con su saco elegante, y, como siempre, como da gusto, está pensando, buscando nuevas grietas para entrarle al mundo de las mediocridades de la pelota.

Pensando, con todo y a pesar del todo.

Hay cosas que sorprenden: su fanatismo por los bares. Es como la cocina de su pensamiento. Podría pasarse días enteros tomando café y hablando de fútbol. Mucho más después del triunfo de cinco goles del Barcelona al Real Madrid, que le permite distraerse un poco.

Porque, esta vez, está distinto.

Y algo tiene que ver con su salida de River. Anda con bronca, se lo nota enojado, pero con muchas más fuerzas que las fuerzas que hace rato lo distinguen, con un paladar lleno de ansias de desafiar a este fútbol argentino al que ve más feo que nunca. Más repleto de negocios. Más impaciente. Más interesante para seguir peleando. “Nunca jamás hay que retroceder en nuestra idea”, explica.

Eso hace al arrancar la charla: no retrocede.

 

- Ángel, ¿qué pasa?

- Pasa que parece haberse perdido todo. Casi todo.

- ¿Incluso el menottismo?

- Yo no veo una prolongación nuestra. Veo algo bastante peor, veo una superación tremenda del bilardismo. Que se haya terminado César Menotti y que se termine Cappa no importa. Lo que sí importa es que continúen el sueño, la utopía, las ganas. Hoy, en Argentina, en la práctica, nos queda poco. No hay límites. Aunque quedan grietas. Nos quedan espacios. Pero hay que saber que esto es como en el casino: mientras a nosotros nos dan una sola ficha para jugar, hay otra idea a la que le dan miles. Y eso es realmente complicado.

- César Menotti evaluó hace poquito, en una entrevista para el diario As de España, que el fútbol argentino estaba en un proceso de desculturización. ¿Es tan así?

- El fútbol argentino perdió su esencia. Su cultura. Si alguien, cualquiera, acepta en términos generales que para ganar hay que jugar mal es que se perdió todo. No tiene sentido, es una contradicción. Este deporte ha logrado algo impresionante: generar un lugar infinito para la destrucción. Siempre se puede destruir un poco más. Y en Argentina hemos llegado a un punto donde faltan tipos que puedan defender el fútbol, aunque sea un poquito. Aunque sea de palabra. Porque no tenemos los medios de comunicación. Porque los entrenadores no quieren salirse del rebaño para poder seguir trabajando. Acá no existe un tipo como Pep Guardiola y no me refiero a su talento como técnico o como futbolista, hablo de su capacidad por defender lo que piensa.

- ¿Pero no queda nadie?

- Queda uno: Juan Román Riquelme. Que yo veo que es uno de esos tipos realistas capaces de hablar las cosas con convicción. Que se anima a decir que de cualquier forma no se puede ganar. Y es un tipo que lleva el fútbol puesto, por eso tiene problemas. Por eso dicen que es un tipo conflictivo: porque no acepta las barbaridades y las pelotudeces que circulan alrededor del fútbol. Sí, Riquelme puede ser. Riquelme es, quizás, el último menottista. Es el tipo donde queda algo de la cultura argentina, del cuidado de la pelota, de la idea que expresa el Barcelona y que acá se denomina menottismo.

- Ya que habla del Barcelona. Si Xavi es el armador del mejor equipo del mundo, quizás, incluso, el mejor jugador, ¿no es una paradoja que los jugadores, los pibes, no quieran ser todos como él?

- Una vez, hablando con Cruyff, yo decía que, en términos generales, cuando uno entraba a un equipo diciendo que quería jugar bien a uno le iban a tirar piedras por todos lados. No lo iban a dejar tranquilo. Y él me decía: “¿Sabés por qué? Porque para jugar bien hay que saber”. ¿Sabés por qué no siguen a Xavi? Porque hay que saber, preocuparse, ver el juego, analizarlo, entender de qué manera él defiende la pelota. No es cuestión de que un entrenador llegue y diga “muchachos hay que tocar”, es cuestión de tiempo, de paciencia. Cosa que acá no hay. Xavi conoce perfectamente el juego, conoce cómo hacer para jugar bien, aunque no siempre le salga. Pero juega intentando siempre ser el mejor, sin regalarse a nada. De la misma forma, yo no me imagino a García Márquez pensando en vender mientras escribe, sino tratando de armar el mejor relato. Acá en Argentina se nos convence de que para ganar hay que jugar mal. Es una cosa increíble. Y está cada vez más difícil.

 

- Pero Ángel, usted habla de dificultades, de cosas casi imposibles y hace un año estaba al borde de salir campeón con Huracán…

- Claro, no podemos dar todo por perdido. No lo vamos a hacer. No le vamos a regalar todo a los otros. Siempre se puede dar una situación más. Pueden aparecer los intérpretes. El problema es quién los dirige. Los entrenadores están más convencidos de no caerse de la rueda que de construir algo distinto. Pero se puede con tiempo, no se puede en la histeria del fútbol argentino. Hay histeria, sobre todo, por la urgencia de vender. Vos tenés un número 9 como Rogelio Funes Mori, que no es precisamente el caso porque es un chico que trata de mejorar siempre, que termina pensando, solamente, en hacer dos goles más para poder ir a jugar a Europa. Donde sea. Quizás a Ucrania. Ya ni siquiera a España o a Italia, tan sólo importa la plata. Acá un pibe llega a los 17 años y ya hay que venderlo. Nadie tiene paciencia: ni el chico, ni su familia, ni el representante.

- En algún momento, usted había mencionado que lo que tenía el fútbol argentino era muchos jugadores, muchos pibes que salían de los potreros y que la propia genética daba buenos jugadores.

- Sí, pero todo va evolucionando. En el potrero lo que conseguía el jugador era estar todo el tiempo con la pelota. Eso generaba cierta técnica. Después, estaba el talento de cada uno. Si vos estabas todo el día con la pelota no equivocabas un pase de cinco metros, de diez metros. Hasta ahí llegaban todos. Ahora están muy poco tiempo con la pelota. Es algo que dice el Checho Batista: la preparación de los jugadores en las divisiones inferiores es totalmente equivocada. Está dirigida hacia las pesas, no hacia el fútbol. Yo pude ver en los últimos años barbaridades tremendas. Barbaridades hacia el fútbol. Barbaridades hacia el cuerpo de los jugadores. Barbaridades hacia las columnas de algunos pibes. La pelota ocupa menos tiempos. En la divisiones inferiores de Argentina se les explica a los pibes cómo hacer abdominales y no cómo jugar. Ya desde chiquitos aparece la destrucción. Y lo que se genera es que los buenos jugadores aparecen a pesar de todo eso y no a partir de eso.

- ¿Se puede decir, entonces, que se va a un proceso donde ya no van a aparecer buenos jugadores?

- Eso sí que no se sabe. Porque, de repente, aparece uno como Javier Pastore o como Manuel Lanzini y, ahí sí, todo se desacomoda. Esto es como el campo: destruyen todo, rompen todas las tierras para plantar soja, destruyen todo para hacer combustible, pero vos vas caminando por ahí y, de repente, te cruzás con una flor y no lo podés creer. No entendés cómo salió. De dónde salió. Entonces, si la regás un poquito, quizás crece. El problema es cuando a esa flor la descubran los tipos del negocio: te la arrancan y te la llevan. Yo no creo que haya una liga de las importantes donde se juegue tan mal como la de Argentina. Sinceramente, el fútbol argentino es espantoso desde lo conceptual. Aunque aparecen jugadores y aparecen algunos equipos que arman algo distinto. Ahora, Godoy Cruz que juega bien. Hay momentos, cuando la agarran Maximiliano Moralez, Juan Manuel Martínez y Santiago Silva, en los que Vélez juega también muy bien. Después, en términos generales, los equipos son horribles. Yo he visto centrales que la pelota viene y de aire, como viene, la tiran a la mierda, sin importarles nada. Vi en el River-Boca algo totalmente increíble: un jugador agarró la pelota, la paró con el pecho, la acomodó con el muslo y la mandó a la reputa madre que lo parió. Se tomó el trabajo para acomodarla y después rechazarla. Algo increíble. Setenta mil personas en la cancha y no sé cuántos millones más mirándolo. Ninguna vergüenza.

- ¿Y en River no hubo espacio para encontrar esas flores de las que usted habla?

- Es que no hubo tiempo. No hay tiempo en este fútbol. El negocio pide que todo sea rápido, que resolvamos a toda velocidad. A pesar de eso, River tuvo sus buenas cosas: hubo tipos como Matías Almeyda que me sorprendieron porque, a su edad, sigue progresando futbolísticamente. Sin perder lo que significa el Pelado en la lucha, incorporó cosas que lo hicieron jugar mejor ahora que antes. También está Paulo Ferrari. Está Jonathan Maidana. Está Funes Mori, que escucha todo el tiempo y trata de aprender algo que en él es más fácil porque tiene un gran talento. Pero es muy difícil, estamos muy complicados.

Cappa hace un silencio. Algo raro en él. Probablemente esté reflexionando. Quizás, haga lo mismo que intenta que sus equipos hagan en la cancha: hacer uso de la pausa para pensar. Pero es un amague. Cuando parece que está caído, golpeado, triste, vuelve a la carga con una enorme cantidad de palabras, desafiando al futuro.

- ¿Desde dónde se puede cambiar?

- Hay que usar todas las trincheras posibles. Mi rol como entrenador, la revista de ustedes, las voces que siguen defendiendo la ética por sobre el negocio. Seguir buscando. El fútbol argentino tiene que cambiar, pero desde los dirigentes. No desde los jugadores, que siempre están dispuestos a jugar y a compartir. Para un pibe es realmente jodido contradecir al entrenador que te tiene que poner o que te tiene que sacar. Para un técnico es difícil luchar contra el periodismo porque es luchar contra los negocios. En River teníamos que luchar contra todo eso y, además, contra la urgencia. Que es muy difícil. Porque el fútbol argentino lo es: es difícil. Y las cosas se las bancan tipos como Almeyda y como Ortega porque tienen muchos años en Primera.

- Con todo este panorama discutido, ¿cómo se siente usted?

- Yo asumo que estoy en contra de la corriente y que defiendo lo que pienso, como siempre lo hice en mi vida. Lo hice cuando no tenía para tomar un café y lo hago ahora que puedo tomarme varios. Me aterran los tipos que pasan los 50 años y empiezan a retroceder en sus ideas. Seguiremos entrenando y discutiendo. Si no se pudiera cambiar, me volvería a casa a ver al Barcelona y nada más. Si yo tuviera que dejar un mensaje diría que la verdad es que nunca, jamás, hay que retroceder.

Así hace, otra vez, cuando termina la entrevista: no retrocede.

 

Fuente: http://www.nosdigital.com.ar/2010/12/riquelme-es-quizas-el-ultimo-menottista/

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