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BENDITA OBSESION

BENDITA OBSESION

Ahora entiendo él por que yerro los goles.
Gracias Erinas, que nada olvidan y que hasta los dioses obedecen, por traermelo tan prístinamente ante mis ojos glaucos.
Alguno dirá que los yerro por impericia u discapacidad motora. Pero, son solo dichos de balbucientes bárbaros.
Aquí esta la razón que cantaron a mi oído las bellas musas de sedosas túnicas, compañeras del vinoso Dionisio.
Hablen por mí, para que mis toscas palabras no impidan que el mensaje de los dioses se pierda entre el farfullo propio de los hombres:
Que hubiese pasado si en lugar de errar los goles los hubiese convertido.
Habríamos campeonado.
Habríamos ganado un partido chivo.
Hubiera festejado un rato.
Estaríamos todavía en carrera por el primer puesto.
Todas vanalidades.
Fuegos fatuos que se extinguen al momento de haberse encendido.
Lujuria de gritos roncos que se van deshaciendo apenas salidos de la boca y que nadie jamas cantara en un poema.
Recuerdo festivo que se va olvidando a medida que se calienta el vaso de cerveza, de la ya caliente cerveza que te trae Pablito, el de los pies cruzados.
En su lugar, el yerrar tantos goles hace que ellos me acompañen infinitamente, (si es que podemos llamar infinita a la breve vida de un mortal, nada comparable a la de los dioses que viven en el Olimpo y juegan en otro equipo), hace que cada día vea esas bellas jugadas frustradas una y otra vez en lo mas profundo de mi alma.
Cuantas veces le pegue de “tres dedos” al arco maldito del Porve.
Cuantas veces le patee el penal al funesto arquero de la verde, ante la mirada de mi hijo, que no podrá escapar jamas de la maldición de mi casta.
Cuantas veces tire ese sombrero sobre el abatido guardameta del equipo de Matías, el de las interminables calesitas.
Y rebotara, hasta que mi cuerpo arda en temblorosa pira, esa pelota en mi frente, virgen del beso de una madre.
Un gol, un solo gol, hubiese impedido el sueño, (y los mortales solo somos sueños de un dios), hubiese impedido que en las tardes calurosas yo picase la pelota casi en cámara lenta, o que eludiese al arquero para luego tocar de zurda, o que cabecease hacia abajo, como lo hacen los tocados por la mano del bello Ares, que porta la égida y el termo de agua siempre caliente. Me negaría el placer de ver como la globa, la que nunca se mancha, aúlla en el aire y se clava en un ángulo, lejano como el Ponto, mientras el triste golero cae abatido en el penal.
No cambio un gol por estos recuerdos.
Es mas, he cometido algunos goles, (nunca tan bellos como los que he errado), pero para traerlos al presente debo evocarlos, debo realizar un forzado trabajo, debo plugar a los dioses para que se me presenten ante mí.
En cambio, aquellos goles fallidos me acompañan siempre, como las estrellas que nunca se apagan en la negra Noche. No preciso evocarlos. Ellos son.
Bate de los ojos sin luz, apresta tu armoniosa lira y acompáñame en este canto.

Cuando todavía los temibles Aqueos, de broncilineas lórigas, recojan una vez mas el cuerpo muerto del Pelida Aquiles frente a la murada Ilion.
Cuando se acabe el todo el néctar y ya no haya ambrosía que libar.
Cuando los peronistas se den cuenta que las veinte verdades son solo veinte mentiras.
Cuando los partidos troskos se hallan dividido hasta el hartazgo y se vuelvan solo pequeñas partículas del alma de Trosky.
Cuando Bush ya no tenga a que o a quien bombardear.
Cuando hallamos quemado el ultimo resto de combustible fósil y bajo un cielo negro nos fritemos cual frenys rancias.
Cuando dios se aburra de su puto cosmos.
Cuando el universo colapse sobre si mismo.
Ahí estaré yo,
Errando mi ultimo gol.

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